“Cuando trabajo un retrato la vida cotidiana se mezcla con indicios de una vida imaginada. Es así como concibo el ejercicio de retratar, construyendo a la vez lo real y lo imaginario, la forma y el fondo, la figura y su impronta. Ese interior, el espíritu, debe vivir en el cuadro igual que vive en la persona retratada. Si las facciones, los miembros, el cuerpo en general, constituyen la naturaleza más exigente y la base de las armonías, la impresión que dejan en la retina al desaparecer, es su esencia, lo que perdura y les sobrevive.

La alegoría, entendida como una abstracción que acaba de adoptar formas concretas, supone para mí la transcripción plástica del mundo de las ideas, la proyección de los sentimientos a través de símbolos, y por lo tanto un recurso idóneo para completar lo estrictamente real.

Así, ambas disciplinas, retrato y alegoría, me ofrecen la posibilidad de un escenario hecho a medida del impulso donde la observación se transfigura en signos, el pensamiento queda oculto bajo la armonía, el caos de los sueños se resume en ornamentaciones ficticias… todo como respuesta a una máxima: la razón persigue a la belleza como el retrato persigue el interior del individuo”.

Del amanecer a la noche, de lunes a domingo, las cuatro estaciones del año; en medio, la alegoría titulada “El Tiempo Dormido” puede considerarse como una síntesis de lo que esta serie representa: el transcurso del tiempo según nuestros parámetros más cotidianos, atrapado en la belleza inalterada de la mujer en su esplendor.

Retratos de primer plano reflejan las luces de una jornada completa; figuras femeninas sentadas sobre alfombras, envueltas en ropas y símbolos que son metáforas de los días de la semana, o tendidas sobre divanes exclusivos para evocar la esencia del verano, del otoño, la primavera o el invierno.

“El tiempo, destructor por naturaleza, no afecta un ápice a la belleza. Aquí tiempo no significa antes o después, no corroe, no muda, aquí tiempo, o tiempos, no es más que instantes diferentes de la belleza, una vibración de la luz, un ademán, un gesto, una brisa presentida. (…) Si la belleza escapa de la muerte y la vejez es porque lo que está medido no es el tiempo sino la belleza misma, lo que significa que rige armonía, a tal punto que es esa armonía lo que acaricia de inmediato el ojo y el ánimo del espectador, no las solas figuras, las formas en sí, que pasarían a ser metáforas de otras cosas, y así lo pintado trasciende a lo pintado”. Comentarios sobre “El Tiempo Medido”. Diciembre-2016. José Luis Sánchez Lora (Historia Moderna, Universidad de Huelva).

La vinculación de ciertas especies de flores al concepto de la inmortalidad, da lugar a esta serie en la que la figura femenina oculta parte de su desnudez bajo telas blancas translúcidas y se sitúa sobre plataformas de piedra compuestas de símbolos y alusiones a cada flor. Todas las materias elegidas aquí, poseen los componentes que normalmente se asocian con las cualidades de estas especies florales: la piedra pulida, el oro, el blanco de los paños, la piel desnuda, etc.

“Lo inmortal huye, pero huye siempre. Es un concepto mágico, a veces muy próximo al de su opuesto, lo mortal, y eso lo hace sumamente misterioso. Si la muerte nos sobrecoge, más aún la inmortalidad, ante la que igualmente reaccionamos con el afán de trascender. Desde la prehistoria ha sido esta nuestra actitud, algo que queda de manifiesto en ofrendas ancestrales y modernas, en la manera de expresar plásticamente los deseos y los sentimientos más profundos, asociándolos a especies florales y materias representativas de la pureza y de lo eterno”. 

“Pintar a Venus o a Eva, a Ophelia, a Rusalka o Ligeia, a Andrómeda, a Dánae… buscar una imagen para representar la estela de Camille Claudel o de Jeanne Hébuterne…, transitar de esta forma por sus historias o por sus tiempos es como visitar a los sueños. En ellas he encontrado reflejadas gran parte de nuestras pasiones, de modo que los conceptos de mito y leyenda se mezclan en cada caso con los efectos del amor, y con estados que van de la desesperación al éxtasis.

Cada una de estas interpretaciones ha supuesto por tanto una excusa para aproximar cualidades, estados y sentimientos, siendo a veces inútil delimitar sus ámbitos. Las diosas, los mitos, las fábulas o leyendas de la antigüedad, los personajes extraídos de obras literarias, conviven así junto a mujeres que dejaron huellas muy profundas en la Pintura, la Música o la Escultura”.

“A menudo se ha señalado la obra de Auguste Rodin como una secuencia de pinturas esculpidas. El aspecto inacabado, casi licuado, de la mayoría de sus trabajos, junto a los contrastes de texturas que buscaba, especialmente entre figuras y peanas, o bloques de contorno, describen lo esencial de su identidad. Ahí también se encuentra el origen de mi identificación con él y con este legado suyo, algo que sobrepasa la impronta “rodiniana” en sí, y que se encamina a esa apreciación de “pintura esculpida”, invirtiéndola hasta conseguir pintar un conjunto escultórico.

Como el propio Auguste Rodin hiciera en sus horas de documentación, he puesto mucho interés en relacionar aquí mensajes procedentes de varias disciplinas artísticas, de modo que algunos de estos trabajos partieron de textos literarios o religiosos (“Las Flores del Mal” de Charles Baudelaire, o “La Divina Comedia” de Dante, así como fragmentos de “La Biblia”), piezas musicales (“Gnossiennes” y “Gymnopédies” de Erik Satie), y elementos tratados con texturas escultóricas.

Pintar esculturas es la propuesta sobre la que construyo esta serie. Su contenido, rendir tributo a la obra de Rodin y, muy especialmente, a su relación con Camille Claudel. El desnudo femenino con poses intimistas o acrobáticas lo he matizado sobremanera de acuerdo al pulido que el maestro aplicaba a sus figuras. De igual modo, en las zonas de peanas o bloques pétreos de contorno que él solía dejar sin pulir, he introducido volúmenes irregulares de aspecto rugoso y colorido neutro, favoreciendo así el efecto de contraste que identifica a las esculturas de Rodin”.